Le decían “la güera” y su cara cacariza no dejaba duda de haber tenido una adolescencia solitaria.
Muchos le decían “Garapiñado”, otros simplemente le ponían apodos nomás por mamar, Paloma, Chanita, el Kentuchi y así. Pocos sabían que en realidad se llamaba Miguel, mucho menos sabían los motivos por los que terminó vendiendo órganos para estadio de Beisbol.
El negocio iba muy bajo, pues las consolas de ahora tienen música programada, así como efectos de sonido y muchas cosas que a sus órganos le faltaban.
Chapado a la antigua y muy sereno, entraba a la administración sin tocar o mirar fijamente nada de lo que ahí había. En el noticiero se veía a una mujer mirando a la cámara hablando sobre un padre católico recién descubierto violando sus votos de castidad.
Volteó a otro lado esperando olvidar ese momento inmediatamente y se concentró en sus manos. Inconscientemente rasguñaba su cutícula y se arrancaba cueritos a un lado de las uñas, al final, el aspecto de sus dedos combinaba con las cicatrices de su cara.
- Espere aquí un momento, el licenciado está en junta, pero no tarda en salir-
- Lo espero afuera- Carraspeó mientras retrocedía unos pasos.
Y tomó sus cuarenta y seis años de chaparra humanidad y salió por la puerta de aluminio. Instintivamente su mano izquierda entró a una de las bolsas de la chamarra y palpó una cajetilla de cigarros, mientras que la derecha buscaba por dentro de ésta el encendedor que le ayudaría a hacer el respectivo cigarricidio.
Cigarro en la boca, fuego después de cuatro intentos, un jalón prolongado y la consecuente expulsión de un río de humo gris y espeso.
Fijó la mirada en un pequeño bote de basura que se alojaba debajo de un escritorio viejo frente a él. A su izquierda una ventana amplia que dejaba ver el campo de beisbol desde arriba, a su derecha una máquina de refrescos y el pasillo que guía a las escaleras de salida hacia la calle. El eco que provocaba esa caverna era un pastiche de ruido de ambulancias, vendedores ambulantes, coches dando bocinazos o arrancones y gente… gente infinita y gris que no sabe nada.
Tercera bocanada y está ahora más intranquilo. La ansiedad le hace fumar rápidamente y sin querer, palpar un bulto frío alojado entre su ropa y la piel.
Justo estaba tocándolo cuando una señorita se asomó.
- Señor, ya se desocupó el Licenciado-
- Gracias señorita…-
Ella entró a la recepción y él la siguió de más atrás. Revisó su espalda rápidamente y dudoso hizo como que entraría a la oficina del Licenciado.
- ¿Sabe qué señorita? Mejor vuelvo después, olvidé que tenía un compromiso muy importante, ¿Puedo marcar en la semana?-
- Claro que sí señor, pero todo dependerá de la disponibilidad del patrón para volver a hacerle una cita-
- H… hasta luego- Dijo esforzándose en dar una sonrisa.
Levantó la mano y caminando rápido abandonó el edificio.
Ya en la banqueta, regresó sobre sus pasos para colocar una pequeña cajita de aluminio enel tambo basura de un callejón, no sin antes vaciar su contenido en la bolsa derecha de su chamarra. La muerte por envenenamiento levantaría muchas sospechas y prefirió mejor buscar otro método más efectivo para deshacerse de un licenciaducho. Guardaría las pastillas para después.
Atte. Nerd
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